"Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma." - 3 Juan 1:2
Por qué cuidar lo que comemos es un asunto espiritual. El cuerpo como templo del Espíritu Santo.
Sobre esta serie. «Salud y fe» es una serie de siete artículos basada en el libro Consejos sobre el régimen alimenticio, de Elena G. de White. En cada entrega recogemos los principios de esa obra, las citas bíblicas en que ella misma se apoya y, cuando corresponde, la investigación científica actual que ha ido confirmando esas ideas. El propósito no es imponer reglas, sino compartir una invitación: cuidar el cuerpo que Dios nos dio como una forma de gratitud y adoración.
Hay una idea que a veces se cuela entre los cristianos sin que la notemos: que el cuerpo es apenas un envase, algo pasajero y sin mayor importancia frente a lo que de verdad cuenta, que sería «el alma». Bajo esa lógica, lo que comemos, cómo tratamos nuestro organismo o cuánto descansamos serían cuestiones neutras, ajenas a la vida de fe.
La Escritura enseña algo bien distinto. El apóstol Pablo lo formula como una pregunta que interpela: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Corintios 6:19-20).
El razonamiento de Pablo tiene dos partes. Primero, el cuerpo es habitación del Espíritu Santo. Segundo, no nos pertenece: fuimos comprados por precio. De ahí se sigue una conclusión que muchos preferiríamos esquivar: no estamos en libertad de hacer con nuestro cuerpo lo que se nos antoje.
Elena White expresa esta convicción con una imagen que vale la pena meditar: nuestros cuerpos son «la propiedad adquirida por Cristo, y no estamos en libertad de hacer con ellos como nos parezca». Y advierte que quien trata su cuerpo «como si las leyes que lo rigen no tuvieran ninguna penalidad» termina, tarde o temprano, sufriendo las consecuencias.
La pregunta que ella propone reemplaza a la que solemos hacernos. No se trata de «¿qué dirá el mundo?», sino de algo más hondo: «¿Cómo trataré yo, que pretendo ser un cristiano, la habitación que Dios me ha dado?». Es una pregunta que traslada el tema de la salud desde el terreno de la mera conveniencia personal al de la mayordomía cristiana.
Una de las ideas centrales de este mensaje es que el mismo Dios que dictó la ley moral estableció las leyes que rigen nuestro organismo físico. «Dios es tan ciertamente el autor de las leyes físicas como lo es de la ley moral», escribe White, evocando el Salmo 139:14: «Asombrosa y maravillosamente he sido formado».
Si esto es así, entonces el descuido deliberado de la salud no es un asunto trivial. No se trata de sumar culpas ni de vivir con temor escrupuloso —nada más lejos del evangelio de la gracia—, sino de reconocer que el cuerpo bien cuidado nos capacita para servir mejor a Dios y al prójimo. Un cuerpo agotado, enfermo por hábitos que podríamos cambiar, nos resta fuerzas para la misión.
Curiosamente, la ciencia contemporánea ha ido acumulando evidencia de que los hábitos alimenticios y de vida tienen un impacto profundo y medible sobre la salud, la longevidad y hasta la claridad mental. Uno de los cuerpos de investigación más notables al respecto surgió, precisamente, del estudio de una comunidad que tomó estos principios en serio.
Los llamados Adventist Health Studies, conducidos durante más de cinco décadas por la Universidad de Loma Linda, han seguido a decenas de miles de personas para entender cómo la dieta y el estilo de vida moldean la salud a lo largo del tiempo. Estas investigaciones, iniciadas a fines de la década de 1950, se destacan por su capacidad de aislar el efecto de las decisiones de estilo de vida sobre las enfermedades crónicas, y sus hallazgos muestran una fuerte correlación entre las dietas basadas en plantas y un menor riesgo de enfermedad cardíaca, cáncer y diabetes.
De hecho, Loma Linda es la única de las llamadas «zonas azules» del mundo —regiones donde las personas viven notablemente más años— que promueve de manera explícita e intensiva un patrón de alimentación basado en plantas. No es que la ciencia «demuestre la Biblia»; son dos formas distintas de conocimiento. Pero sí resulta llamativo que el estudio riguroso de la longevidad humana coincida en buena medida con principios de salud enseñados hace más de un siglo.
Conviene cerrar con una nota de equilibrio que el propio libro subraya. El objetivo de cuidar el cuerpo no es la obsesión ni el mérito propio. White lo dice con claridad: el gran fin de la reforma es «asegurar el más alto desarrollo posible de la mente, el alma y el cuerpo», y las leyes de la naturaleza «han sido ideadas para nuestro bien».
Cuidar el templo del Espíritu no es ganarnos el favor de Dios —ese favor ya nos fue dado en Cristo—, sino responder con gratitud al que nos formó y nos redimió. Es, en el sentido más pleno, un acto de adoración.
Próximo artículo: «Mente clara para cosas eternas: cómo lo que comemos afecta nuestra vida espiritual».